Despues del apego
Y cuando parecía haberse esfumado, a todas luces, la esperanza, conseguí despertar poco a poco del letargo. No sin mucho padecer y con gran esfuerzo. Letargo que fue goteo incesante que iba modelando los rasgos de un punto y aparte, con un no sé que de tremenda ruptura.
Fue un devastar, de una envolvente configurada con duras capas de sedimentos, que me ocultaban por completo y que una vez destruidos, acabaron con el cuerpo principal del apego. Fue un gradiente de dolor que se iba disipando y conduciendo a la ansiada calma.
Es duro el desprendimiento y a la vez liviano, al final del proceso. Sólo entonces, después del último pedazo de esa ficticias cáscaras que se había convertido en piedra, comencé a sentirme completa.
Al principio era insensible, en tanto que me convertí en piedra. Luego, sentirme liviana, tras la caída de las sucesivas capas que me rodeaban.
Y así, por gin, sin tener los contornos confinados, ser flexible y fluida al devenir de los acontecimientos.
Una vez rotos los hilos invisibles de los apegos, éstos van cayendo uno tras otro, como un castillo de naipes que se derrumba.
Nunca volveré a ser esa versión. Ni otras que vendrán. Lo que soy es más profundo que todo esto.
El ser es la esencia que permanece, que apenas se intuye en cada respiración consciente. En cada acción con buen propósito.
Ahora valoro cada vez más, la soledad elegida. Es un precioso bien, al que veo difícil de renunciar en este camino del eterno presente. Pero no es la soledad del ermitaño, es una soledad apuntalada por los genuinos amores, aquellos que nos sustentaron para amortiguar los momentos de caída y que nos protegen y nos cuidan porque sí, de manera incondicional.
Y así es como continuamos, transformados por una continua metamorfosis hasta el final de la existencia.

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