No sé qué es lo que más duele. Si su mirada extraviada, sus posturas imposibles, su sufrimiento o, quizás, la certeza de que visitamos el lugar de su cuerpo, pero ella ya no está ahí. No nos reconoce, no interactúa, yo no sé si es la vida en su último extremo. Aún así, tengo mucho miedo de perderla. De ese "para siempre" que tiene como única respuesta el más ahogado de los silencios. Tengo miedo y, sin embargo, hace mucho tiempo que sabes que se encuentra atrapada en su cuerpo y el devenir del tiempo y los acontecimientos, va mermando cada vez más sus facultades. Es que cada vez entiendo menos este viaje de la vida. Porque nos empeñamos en entender y lo que en realidad habría que hacer es vivirla. Vivir la vida saboreando cada segundo en el que nos encontramos conscientes de lo que somos, aun con la autonomia de nuestros cuerpos y mentes. Esta rueda es imparable y cuando la enfermedad te saca de ella, no queda sino dolor y sufrimiento. Hace poco fue el día de la madre....