La última bala
No sé qué es lo que más duele. Si su mirada extraviada, sus posturas imposibles, su sufrimiento o, quizás, la certeza de que visitamos el lugar de su cuerpo, pero ella ya no está ahí.
No nos reconoce, no interactúa, yo no sé si es la vida en su último extremo. Aún así, tengo mucho miedo de perderla. De ese "para siempre" que tiene como única respuesta el más ahogado de los silencios.
Tengo miedo y, sin embargo, hace mucho tiempo que sabes que se encuentra atrapada en su cuerpo y el devenir del tiempo y los acontecimientos, va mermando cada vez más sus facultades.
Es que cada vez entiendo menos este viaje de la vida. Porque nos empeñamos en entender y lo que en realidad habría que hacer es vivirla.
Vivir la vida saboreando cada segundo en el que nos encontramos conscientes de lo que somos, aun con la autonomia de nuestros cuerpos y mentes.
Esta rueda es imparable y cuando la enfermedad te saca de ella, no queda sino dolor y sufrimiento.
Hace poco fue el día de la madre. Como si alcanzar ese grado se pudiese reducir a un día. Yo pensaba que toda la vida de mi madre, había estado marcada por la enfermedad y por el sacrificio.
Para mi es la mejor Madre.
Hubo un tiempo, en mi juventud, que no terminaba de comprenderla e incluso juzgarla. Cuantos disgustos nos hubiesemos ahorrado si me hubiese limitado a aceptar. Aceptar lo que se es, lo que somos y tirar para adelante de la mejor manera posible.
Quizás tuviese cosas que no me encajaban, pero mi egoismo me impedía ver su grandeza.
Aprender el mundo de su mano es el mejor de los legados que pueda tener jamás.
Porque ella siempre gravitaba en la virtud y ella si nos aceptaba a cada cual, a cada hijo, como éramos. Y esto no se entiende hasta que se llega a ser madre.
Tengo inmensa pena. Últimamente no puedo sacerme de la mente el tic- tac ladrón de tiempo. Ese puto tiempo que nos empeñamos en medir mientras él nos devora, con la voracidad de saturno a su hijo. Deja rostros y cuerpos ajados donde otrora hubo belleza.
La dependencia y postración van carcomiendo el más leve indicio de autosuficiencia y de libertad. Mejor no hablemos de libertad.
Y es que se agotaron ya todas las balas, incluso las de la recámara. Creo que sólo queda una escondida en una de sus manos. Nunca se sabe cuando va a producirse el último disparo. Quizás sea entre las nieblas de una vida que cada vez se asemeja más a un sueño.

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